Los bribones franceses, ingleses y holandeses que asaltaban Guayaquil durante la Colonia, izaban banderas negras. Una vez saqueado el
puerto, violadas sus mujeres y asesinados sus hijos, la ciudad era incendiada y
los malhechores se hacían al mar riendo a carcajadas, borrachos de ron y
de fácil victoria. Una historia que hay que recordarla hoy, cuando los
herederos de aquellos bribones desempolvan las banderas negras de los antiguos
piratas para enarbolarlas contra el tricolor nacional y grancolombiano, nacido
en los gloriosos combates de la primera Independencia.. Esto bajo la consigna extranjera y
oligárquica de acabar con la Revolución Ciudadana. Para algo están la CIA y el
capitalismo salvaje en este mundo.
¿Y qué es aquello de las camisas negras que se han dado en
lucir iracundos manifestantes de la oposición, mientras lanzan piedras, palos y
botellas contra los simpatizantes de dicha Revolución y su líder, Rafael
Correa Delgado? ¿Acaso se trata de una inocente prenda de vestir como
cualquier otra? Si lo luciera alguna persona suelta, no tendría
significado alguno, pero al ser exhibida por un conjunto de furibundos
manifestantes callejeros, eso es otro cantar, porque significa que se trata de
un uniforme de grupo, de un símbolo de alguna secta, y en este caso hay que
apelar a la historia universal, tan desconocida por nuestros jóvenes y tan
inteligentemente torcida o escondida- según el caso- por sus manipuladores. Y
aquí viene lo bravo:
Benito Mussolini (1883/1945), fundó en 1919 en Italia, su país de
origen, lo que llamó el Partido Fascista con el fin de oponerse a los
fuertes avances de la izquierda de su tiempo, para lo cual contó con el apoyo
de la banca privada y de los grandes empresarios. Con discursos demagógicos
y lenguaje virulento, fue aglutinando a crecientes grupos de la juventud,
especialmente del sector pudiente y de las clases medias.
Mussolini estableció como uniforme de sus huestesla camisa negra, y sus hordas brutales comenzaron su obra de terror, sangre y
muerte inmediatamente. Acompañado de 50 mil "camisas negras", el jerarca fascista lanzó el 28 de octubre de 1922 lo que denominó "la Marcha sobre Roma".
El camino quedó sembrado de cadáveres, heridos y
gente aterrorizada por los nuevos bárbaros. Adueñado del poder, Mussolini se
unió a Hitler para la conquista del mundo en la Segunda Guerra Mundial,
siendo capturado por valerosos guerrilleros de las Brigadas Garibaldi,
cuando huía cobardemente disfrazado de soldado alemán. Fue fusilado en medio
del repudio universal.
Ahora surge la pregunta, ¿quién organiza y dirige
detrás de bastidores a los "camisas negras" ecuatorianos? ¿Quién los
financia? ¿Quién los adoctrina? Al respecto, hay datos interesantes: León
Febres Cordero en sus furibundos discursos en defensa de los banqueros
ladrones, anunció más de una vez su resolución de emprender una "marcha
sobre Quito", al mejor estilo fascista, tan del gusto, por lo demás, del
Alcalde Jaime Nebot Saadi.
Por su parte, Guillermo Lasso, protagonista de
recientes marchas, es distinguido miembro del Opus Dei, la tenebrosa secta que
fundara en su hora el célebre sacerdote fascista Josemaría Escrivá de Balaguer, elevado a los altares por Juan Pablo II, después de haber sido uno de los
principales sostenes de la dictadura franquista que asoló España por 40 años.
¿No les revela a ustedes algunas conexiones
graves este asunto de las banderas negras y las camisas negras? Por de pronto,
además de comérselo crudo al presidente Correa, todo el peligroso alboroto
político actual oculta un fin anticristiano: crear el caos para dificultar que
llegue al Ecuador el Papa Francisco, al cual en boca chica ya lo acusan
de ser "correista" y "comunista", todo porque está de lado
de los pobres y critica al capitalismo salvaje.
Los seudo católicos que dirigen estas campañas
públicas y secretas, temen que la presencia del Sumo Pontífice ayude al
régimen a consolidar su popularidad. En ese caso, bien querrían los fascistas
criollos hacer con el Papa Francisco lo que los fascistas salvadoreños, hijos
de la CIA, hicieron con el obispo Arnulfo Romero: enviarlo al paraíso.
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C. M. Luis Fernando Carvajal Herrera.
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