El 22 de diciembre
de 1894 un Consejo de Guerra instalado en París condenó a Alfred Dreyfus,
capitán del ejército francés, a la pena de prisión perpetua que debía
pagarla en la Isla del Diablo, parte integrante de la Guayana francesa, a 10
mil kilómetros de su patria. La acusación contra Dreyfus era gravísima:
espionaje a favor de Alemania. El principal acusador era el conde Walsin Esterhazy, comandante de dicho ejército. Como el oficial condenado era de
origen judío, esto dio pie para que se desatara una histeria antisemita, según
la cual los judíos millonarios le habían comprado al traidor para servir a los
enemigos de Francia. Los medios periodísticos hicieron de altavoces de esta
demencial histeria antijudía. Esterhazy era aclamado como un héroe.
Las dudas
iniciales sobre el debido proceso fueron cobrando fuerza poco a poco.
Aparecieron testimonios y documentos que erosionaban la “patriótica condena”.
Entonces el gran novelista Emilio Zola inició su histórica campaña denunciando
los aspectos oscuros del proceso y lo ilegal de la condena. Su voz
inclaudicable bramó una y otra vez contra la “prensa inmunda” que cubría de
lodo al condenado y aplaudía a los mandos militares y a los jueces autores de
la horrenda sentencia. La inteligencia de Francia y los políticos más serios
comenzaron a rodear al valeroso escritor y a tomar partido por la revisión del
proceso. De pronto el diario Le Aurore hizo estallar la bomba: el artículo “Yo acuso” de Emilio Zola. Francia fue conmovida.
El pueblo se
dividió en dos bandos: los “patriotas” y los dreifuyistas. Zola fue acusado de
antifrancés y hubo de someterse a 15 audiencias en que los antisemitas pedían
su cabeza. Tuvo que escapar de Francia y refugiarse en Inglaterra... Esterhazy
fue llamado a los tribunales. Furibundo escribió algo que se descubrió y
motivó gran escándalo: “Yo no haría daño a un perro pero mataría con enorme
placer a cien mil franceses”. Al cabo de más de diez años, se anuló la
condena y Dreyfus regresó a su patria y fue reivindicado, mientras Emilio
Zola moría cubierto de amor y de gloria por toda Francia y Europa.
Hemos recordado
esta historia a propósito del proceso que en estos días se ha instaurado contra
Jorge Glas, el Vicepresidente de la República elegido por millones de
ecuatorianos. Guardando la distancia del tiempo y la diferencia de los hechos y
los personajes, en este caso se advierten elementos similares: la histeria
anticorreista que envuelve el caso Glas, a quien se pretende cortarle la cabeza
para crear las condiciones necesarias para que no retorne jamás Rafael Correa,
convertido en Satanás por la derecha amiga y encubridora de Odebrecht, la gran
maquinaria utilizada por la CIA y las oligarquías del continente. Si hay
pruebas plenas contra Glas, que se lo condene sin contemplaciones; si no las
hay, que fiscales y jueces respondan ante la verdad y la justicia.
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C. M. Mg. Luis Fernando Carvajal Herrera.
Atte.
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