Con motivo de nuestro artículo del jueves anterior
-"Corrupción"- nos han llegado numerosos comentarios, todos de
encendido apoyo a la denuncia del tema y con algunos aportes. Uno de ellos
afirma que "hay jovencitos pelucones que llegan a sus funciones en
las Aduanas en carrazos, muy elegantes, sin ningún corazón ardiente por la
patria , y sin que les importe para nada el Buen Vivir, a no ser el suyo
propio". Lo singular de estas opiniones es que sus autores no se muestran
adversos al gobierno de la Revolución Ciudadana sino más bien dolidos de que
ocurran estas cosas, o cuando más decepcionados. Todos quisieran que la
corrupción fuera castigada allí donde se la encuentre, sean cuales sean las
instituciones del Estado. Y tienen razón, pues los actos de corrupción oficial
son un atraco al bolsillo de todos, un crimen de lesa sociedad, de lesa patria,
de lesa humanidad. Traban el desarrollo del país, postergan la justicia social,
ahondan la pobreza. Pero no es fácil combatir la corrupción, por acrisolada que
fuere la honradez de los principales mandatarios. Y es que ella se oculta en
los vericuetos de la burocracia, en el miedo de los honestos que carecen de
mando, o que están lejos de los niveles de decisión.
El lagarto no se presenta
de cuerpo entero, se embosca de mil maneras, cuando más alguna vez muestra la
punta de la cola. Además, cuando los corruptos están sobre los otros, utilizan
el chantaje, el halago, la represalia, la intimidación. Y el temor al desempleo
sella las bocas. Y sin embargo, estas deben abrirse. Con valentía, con fuerza,
con decisión. Hay que tomar en cuenta que todo proceso político, por sanas
intenciones que tenga, sea simplemente democrático o revolucionario, corre el
riesgo de podrirse si la contaminación, que tiene muchas vías, avanza sobre los
organismos de la comunidad. Con razón decía Che Guevara: "en una revolución se puede meter la pata pero no la mano".
Pero claro: no todo consiste en que se abran las bocas y se denuncie lo
que se deba denunciar. Los organismos de la administración pública y los
gobiernos seccionales, de provincias y cantones, deben arbitrar medidas para
perseguir la corrupción: designar funcionarios idóneos para ejercer el
seguimiento y la vigilancia de los actos administrativos, ofrecer respaldo y
garantías a los denunciantes, colocar buzones para que los funcionarios de
cualquier nivel y la ciudadanía puedan depositar denuncias y documentos, entre
los cuales se hallaría sin duda mucha basura pero también pistas y datos
importantes.
Eso no es todo. Es imprescindible impulsar activamente una cultura
anticorrupción, en toda la escala de la educación, de los medios de
comunicación masiva, con limitación - y prohibición, si hace falta- de
los espectáculos y programas nocivos del cine y la televisión, que glorifican
el individualismo, la competencia insana, el poder y la riqueza cualesquiera
fuesen sus orígenes. Es en el campo de la cultura, cuando esta se ha convertido
en un charco pestilente, donde florecen los hongos venenosos de la corrupción.
Como parte fundamental de una nueva cultura, debe ser combatida la
creciente tendencia al consumismo, lo mismo expuesta en los mall que en la
comida chatarra, y que se expresa elocuentemente luego de las fiestas
colectivas, igual en navidades que en otras festividades, o que luce en decenas
de patios de autos nuevos, donde millares de unidades están listas para ser
lanzadas a una contaminación ambiental cada vez más perniciosa y
asfixiante.
Las nuevas generaciones deben ser formadas en el espíritu y la práctica
de esta nueva cultura. Así como hay héroes y heroínas de la patria, el pueblo
debería también designar y honrar a los héroes y heroínas de la
anticorrupción.
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P.D.
Le
invito a que escriba su comentario en el recuadro de abajo, no importa si está
a favor o en contra. Ejerza su derecho a decir lo que piensa.
C. M. Luis
Fernando Carvajal Herrera.
Atte.
Twitter: @lufecahe
