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domingo, 23 de septiembre de 2012

NO MATARÁS

Un mandamiento bíblico, al que están obligados todos los practicantes del cristianismo –católicos, protestantes, evangélicos-, está escrito en piedra, y les ordena: NO MATARÁS. Así de simple. No matarás a tu prójimo ni a tu prójima. No matarás ni a propios ni a extraños. No matarás ni a tu amigo ni a tu enemigo, ni individual ni colectivamente. No matarás a nadie; y si lo haces, atente a las consecuencias: quien a cuchillo mata, a cuchillo muere. Aquel hermoso principio humanístico ha sido constantemente violado en estos dos mil años después de Cristo. ¿Acaso no fue la Iglesia Católica quien creó la Inquisición, y con ella el potro de tormento y otras torturas brutales, hasta llegar a condenar a las víctimas a morir en la hoguera, como sucedió con tantos supuestos réprobos y brujas, rebeldes y sabios? Con relación a nuestra América, ¿no fueron reyes católicos los que auspiciaron, permitieron u ordenaron  el exterminio de pueblos indígenas enteros? ¿No fue el católico Francisco Pizarro quien hizo asesinar al gran Atahualpa, con la bendición del cura Valverde? ¿Y no fue el católico Sebastián de Benalcázar el que condenó al heroico Rumiñahui a ser quemado vivo en la Plaza Mayor de Quito? Allá en Europa, ¿ no fueron monarcas católicos y protestantes los que organizaron Las Cruzadas para que ejércitos enteros, en nombre de Cristo,  fueran a exterminar a pueblos creyentes del Islam, especialmente a los ubicados en el mundo árabe? ¡Hipócritas, sepulcros blanqueados! Bajo el pretexto de salvar la religión, se han cometido grandes crímenes contra la humanidad, entre ellos el colonialismo y el tráfico de esclavos, así como se  implantaron golpes de Estado y efectuaron incontables magnicidios. Gobernantes norteamericanos, supuestamente cristianos, como Harry S. Truman, mandaron descargar bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, pulverizando en un instante a cerca de 200 mil seres humanos; o como Bush después, comenzaron el genocidio de Afganistán, Irak y Libia,  que hoy continúa BarakObama y se ha extendido a Siria a manos de opositores fascistoides y regimientos de “perros de la guerra”, como los yanquis llaman a los mercenarios. Sí, de acuerdo; también de parte de los musulmanes se han dado muchas veces excesos y violencia condenables. Sí, merece castigo el asesinato del embajador norteamericano en Bengazi, Libia, por un grupo armado de musulmanes. ¿Pero acaso bajo la OTAN y el comando yanqui no se ha masacrado alpueblo libio con el pretexto de combatir la dictadura de Gadafi? ¿No se arrasaron todas las ciudades, excepto Bengazi? ¿No se hizo retroceder a Libia medio siglo? ¿No se condenó  al pueblo libio al hambre, al desempleo y el exilio? 

E-mail: jaigal34@yahoo.es         Twitter: @jaigal34

lunes, 7 de mayo de 2012

CULTURA DE LA MUERTE


En el Ecuador existe desde siempre –es decir, desde 1830, en que se fundó la República- una cultura de la muerte. No nos referimos a los diversos cultos funerarios que practica la población, y que difieren conforme las costumbres ancestrales de indígenas, mestizos, afrodescendientes,  creyentes, etc. Nos referimos a esa especie de menosprecio a la vida de los demás, al facilismo con que se atenta contra la existencia del prójimo, aun si hechores o malhechores recitan diariamente el No Matarás que figura entre los 10 Mandamientos.
En lo político, el mencionado año fundacional ocurrió el asesinato del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, por obra de militares y gobernantes ambiciosos, enemigos de Bolívar y de la Gran Colombia. Desde allí, hasta el 30-S todo sería un río de sangre atravesando la historia patria: masacres de trabajadores y gente pobre el 15 de Noviembre de 1922, de estudiantes y pueblo el 2 y 3 de junio de 1959, de obreros del Ingenio Aztra enoctubre de 1977, de indígenas y montubios en los feudos de los gamonales, la Iglesia y empresas extranjeras, ejecuciones bajo la pena de muerte con García Moreno o Caamaño, ejecuciones ilegales bajo el pretexto de combatir a elementos subversivos, la Hoguera Bárbara de 1912, el magnicidio del Presidente Jaime Roldós, y una interminable lista de víctimas del odio y el desprecio de los poderosos del país y de sus mandones de fuera, entre los que se destacan  órganos imperiales como la C IA, esa central norteamericana del terrorismo y el espionaje que ha hecho la desgracia de numerosos pueblos de la Tierra. Con lo cual tenemos que más de 180 años de violencia han configurado un espíritu de resignación, quemimportismo o temor en el seno del pueblo, o una especie de fatalismo ante la muerte por acción de los otros. A ello contribuye, sin duda, la impunidad que se ha dado siempre en la investigación y castigo de estos crímenes. En todo ello hay una cultura de la muerte.
En este ambiente y con tales antecedentes, el país sufre actualmente una ola interminable de toda clase de violencia social, expresada en abultadas cifras de asaltos, asesinatos, violaciones, con presencia de bandas delictivas en el campo y las urbes, así como de crecientes grupos de sicarios. Mucho de ello, como consecuencia de haberse convertido el país en plaza y nudo vial del narcotráfico, y como secuela también de la influencia de la invasión mediática a todos los hogares, con periódicos que chorrean sangre y programas televisivos donde reinan las armas, las explosiones, los gánsteres y los policías corruptos.. Dentro de este mundo siniestro, los diarios episodios de muerte en las carreteras, por obra de conductores trasnochados o irresponsables, no son sino una expresión de esta cultura de la muerte. ¿Hay soluciones para este grave mal o estamos condenados a perecer bajo su peso descomunal? Sí, hay soluciones, pero a largo plazo, pues consisten en desarrollar una cultura de la vida, y esto entraña el desarrollo de la solidaridad humana, la cooperación entre unos y otros, la estricta regulación de los medios, el abandono de esa hoy común  mentalidad de aspirantes a millonarios. Es decir, hace falta una revolución de los corazones y los espíritus.