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miércoles, 24 de mayo de 2017

4 AÑOS CON LA JUVENTUD… ¿O SIN…?


Entre las promesas de Lenín Moreno durante  la reciente campaña electoral, figuró la creación del ministerio de la juventud. Este ofrecimiento alentó fuertemente las esperanzas de la joven generación y se constituyó, de hecho, en una de las bases de su histórico triunfo.

Había razón para ello: a lo largo de la vida republicana, con excepción del corto tiempo de los dos gobiernos de Eloy Alfaro, la juventud ecuatoriana fue, podría decirse, la última rueda del coche bajo el dominio de la partidocracia.

Carne de cañón en las contiendas electorales, a la hora del triunfo los amos del poder la devolvían a  su eterno  papel de Cenicienta y la mandaban a la cocina, a preparar los manjares para el festín de los de arriba, de la eterna argolla de oligarcas criollos y amos extranjeros, invariablemente provenientes éstos  de la Yoni.

Y cuando los jóvenes, cansados de tanta postergación e ignominia levantaron banderas de protesta y rebeldía, allí estuvo siempre lista contra ellos la orden de tirar a matar, como lo dispuso tantas veces el tirano Arroyo del Río (1940/44),  el oligarca José Luis Tamayo en el nefasto 15 de noviembre de 1922, el masacrador social cristiano  Camilo Ponce Enríquez, bañado en sangre de pueblo y juventud de Guayaquil, el 2 y 3 de Junio de 1959, o los fusilamientos enmascarados de contrainsurgencia durante la corrupta tiranía de ese otro socialcristiano llamado León Febres Cordero.

Y cuando llegó a la presidencia un auténtico representante de la juventud, Jaime Roldós Aguilera, fundador de la FESE, presidente de la FEUE de Guayaquil y miembro de URJE, allí estuvo la CIA para asesinarlo el 24 de Mayo de 1981, con el beneplácito de la derecha y de esa seudoizquierda titulada marxista-leninista.

Al advenir un nuevo momento histórico con la Revolución Ciudadana bajo el liderazgo de Rafael Correa Delgado, los jóvenes se movilizaron masivamente arrebatados por el poder de la esperanza. Su voto fue determinante para el triunfo.  Los logros fueron sumándose unos a otros, principalmente en los campos de la educación, el deporte y la participación en planos importantes del parlamento y la administración pública.

Sin embargo, los  condenables casos de corrupción, el burocratismo con sus redes paralizantes y el sectarismo que todo lo rompe y todo lo divide, alejaron en los últimos tiempos a una significativa parte de la juventud, que se dejó seducir por los cantos de sirena  del célebre banquero, cuyos capataces mayores trataron de convertirla en fuerza de choque y agresión contra la opción democrática que vino a representar Lenín Moreno.

Ahora le toca a él recuperar toda esa energía transformadora de la generación que amanece al nuevo día de la patria. Y para ello es preciso –entre tantas otras tareas-  que el nuevo mandatario cumpla su promesa y funde el ministerio de la juventud, una de las bases más efectivas para consolidar la Revolución Ciudadana en los cuatro años venideros.

Lo contrario sería dejar que muera la esperanza.

E-mail: jaigal34@yahoo.es          Twitter: @jaigal34
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P.D. Le invito a que escriba su comentario en el recuadro de abajo, no importa si está a favor o en contra. Ejerza su derecho a decir lo que piensa.
C. M. Luis Fernando Carvajal Herrera.
Atte.

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miércoles, 19 de noviembre de 2014

¿CON QUIÉN ESTÁ GUAYAQUIL?


Con ese señorío propio de un dueño de hacienda, el alcalde Jaime Nebot publicó en la prensa porteña (por ejemplo, en  Expreso) el viernes 14 de noviembre un irónico saludo “a los empleados del gobierno” que, según él, coparían el acto convocado por Alianza País para el día siguiente, 15 de noviembre, en la ciudad. Y con sarcasmo indicó que había ordenado al Departamento Municipal de Turismo que en la fecha ayudara a los concurrentes, seguramente para que no salieran del perímetro de Pelucolandia, ni  se metieran en los fétidos pantanos donde vive la mayoría de la población , a donde no ha llegado la bien pagada reingeniería urbana. Dicho esto, Nebot se despidió anunciando que se iba de vacaciones. Como era obvio, no tuvo siquiera una palabra de recordación para los trabajadores y el pueblo guayaquileño masacrado en fecha similar, el 15 de Noviembre de 1922. Y es que los genocidas de entonces, detrás del batallón Cazadores de los Ríos, eran banqueros y oligarcas, congéneres del poderoso clan que hoy, como socialcristianos o guerreros de madera, apoyan furibundamente a su alcalde.
En la forma de referirse a Guayaquil y los guayaquileños, en el lenguaje alcaldicio revive ese menosprecio a la Sierra y los serranos, del que siempre hizo gala León Febres Cordero, a cuyos pies una multitud inconsciente quemaba banderas de Quito y apoyaba a la mafia de banqueros fraudulentos , tipo Isaías o Aspiazu, en los amargos días del feriado bancario decretado por Jamil Mahuad, el humilde paje de los emperadores yanquis. Consecuente con su odio parroquiano al Ecuador entero, dijo entonces Febres Cordero que la “Revolución Juliana” de 1925, fue una “revolución antiguayaquileña”, y esto porque los jóvenes militares de entonces levantaron la bandera de las reivindicaciones sociales y patrióticas , propiciando el fin del dominio del Banco Comercial y Agrícola de Guayaquil, uno de los causantes de la masacre del 15 de Noviembre.
Para mantener esa actitud de supuesto guayaquileñismo, los líderes de la oligarquía olvidan varios hechos, como aquel de que la mayoría de pobladores actuales del puerto son de cualquiera lado del Ecuador, menos de Guayaquil: rebeldes manabas, negros esmeraldeños, indios migrantes, morlacos , lojanos y de otras latitudes. Masa de ecuatorianos pobres en su mayoría, buscadores  no del lejano sueño americano, sino del más cercano y engañoso sueño guayaquileño, para terminar como carne de explotación de una minoría de soberbios capitalistas, que han erigido sus ciudadelas privadas y sus palacetes con la sangre, el  sudor y las lágrimas de los desposeídos, de los parias de toda fortuna, procreados por el capitalismo salvaje de cuño local o extranjero.
Pese a ese espíritu de burda antipatria, el 15 de Noviembre ´último, incontables millares de guayaquileños se dieron cita en las calles del Puerto para proclamar su voluntad de ir a una revolución popular cada vez más radical y profunda, respaldando los avances logrados hasta hoy por el gobierno que  preside Rafael Correa, con la mirada puesta firmemente en la Segunda y Definitiva Independencia.

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miércoles, 21 de mayo de 2014

Roldós, más acá de la tumba

Muchos en Ecuador, en Estados Unidos y otros lares del mundo desearían fervientemente que la memoria del presidente Jaime Roldós se fuera cada vez más allá de la tumba, hasta llegar al eterno olvido. Con ello, el horrendo magnicidio del 24 de mayo de 1981 quedaría para siempre en la impunidad, como ha sucedido hasta hoy, cuando se cumplen 33 años del crimen que le arrebató la vida a él, a su esposa, Martha Bucaram Ortiz; al general Marco Aurelio Subía, ministro de Defensa, su esposa, y cinco personas más entre pilotos y tripulantes. Total: nueve ecuatorianos víctimas de un siniestro plan nacional e internacional concebido por una feroz horda de caníbales.
Pero la radiante figura de Jaime Roldós está lejos de haberse eclipsado. Así, el año pasado el fiscal general, Galo Chiriboga, decidió reabrir la accidentada e inconclusa investigación del caso, en tanto que poco después se proyectaba en el país el documental ‘La muerte del Presidente Roldós’ que, con todas sus debilidades, apunta hacia la versión del crimen y nos muestra el entorno histórico de entonces, donde estaba en su gloria el Plan Cóndor ideado en 1975 por las dictaduras de Pinochet y Videla, para frenar ‘el peligro comunista’ decapitando a sus líderes y masacrando a cuantos se opusieran a los designios del imperio y su instrumento favorito: la CIA.
En el mencionado documental, el general Richelieu Levoyer, ejemplo de militar demócrata, exhibe y da crédito al libro ‘Quiénes mataron a Roldós’, de Jaime Galarza Zavala. Pues bien, esta obra, publicada en 1982, al año del magnicidio, reaparece ahora en tercera edición que se presentará en Quito en la Biblioteca de la FLACSO, dentro de un importante panel sobre el tema ‘La impunidad en Ecuador durante el siglo XX’, en que además de este caso se enfocarán los de la Hoguera Bárbara, la represión contra Alfaro Vive y la desaparición de los Hermanos Restrepo, con la participación de Pedro Restrepo, Eduardo Puente, Susana Cajas y Jaime Galarza como panelistas. El acto se llevará a cabo en la Biblioteca de FLACSO el jueves 22 de mayo, desde las 6 de la tarde. Posteriormente se efectuará un acto similar en Guayaquil, cuna del presidente asesinado.
Esto demuestra no solo que la memoria de Jaime Roldós se mantiene viva sino que, además, nos reta para nuevas y trascendentales acciones, como es esta de unir mentes y corazones para luchar contra una de las peores herencias históricas que arrastra nuestro pueblo: la impunidad. Impunidad que no se ha dado solo en los casos mencionados sino en cientos y cientos de matanzas individuales y colectivas, en ciudades y campos. Ejemplos: 15 de noviembre de 1922, la masacre obrera de Guayaquil; 3 de junio de 1959, masacre popular en Guayaquil cometida por el gobierno socialcristiano de Camilo Ponce Enríquez; matanza de estudiantes en 1968, durante la Rebelión de los Bachilleres, por citar únicamente algunos casos. Con todo lo cual podemos concluir que a Jaime Roldós Aguilera no lo podrán matar.

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C. M. Luis Fernando Carvajal Herrera.
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lunes, 7 de mayo de 2012

CULTURA DE LA MUERTE


En el Ecuador existe desde siempre –es decir, desde 1830, en que se fundó la República- una cultura de la muerte. No nos referimos a los diversos cultos funerarios que practica la población, y que difieren conforme las costumbres ancestrales de indígenas, mestizos, afrodescendientes,  creyentes, etc. Nos referimos a esa especie de menosprecio a la vida de los demás, al facilismo con que se atenta contra la existencia del prójimo, aun si hechores o malhechores recitan diariamente el No Matarás que figura entre los 10 Mandamientos.
En lo político, el mencionado año fundacional ocurrió el asesinato del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, por obra de militares y gobernantes ambiciosos, enemigos de Bolívar y de la Gran Colombia. Desde allí, hasta el 30-S todo sería un río de sangre atravesando la historia patria: masacres de trabajadores y gente pobre el 15 de Noviembre de 1922, de estudiantes y pueblo el 2 y 3 de junio de 1959, de obreros del Ingenio Aztra enoctubre de 1977, de indígenas y montubios en los feudos de los gamonales, la Iglesia y empresas extranjeras, ejecuciones bajo la pena de muerte con García Moreno o Caamaño, ejecuciones ilegales bajo el pretexto de combatir a elementos subversivos, la Hoguera Bárbara de 1912, el magnicidio del Presidente Jaime Roldós, y una interminable lista de víctimas del odio y el desprecio de los poderosos del país y de sus mandones de fuera, entre los que se destacan  órganos imperiales como la C IA, esa central norteamericana del terrorismo y el espionaje que ha hecho la desgracia de numerosos pueblos de la Tierra. Con lo cual tenemos que más de 180 años de violencia han configurado un espíritu de resignación, quemimportismo o temor en el seno del pueblo, o una especie de fatalismo ante la muerte por acción de los otros. A ello contribuye, sin duda, la impunidad que se ha dado siempre en la investigación y castigo de estos crímenes. En todo ello hay una cultura de la muerte.
En este ambiente y con tales antecedentes, el país sufre actualmente una ola interminable de toda clase de violencia social, expresada en abultadas cifras de asaltos, asesinatos, violaciones, con presencia de bandas delictivas en el campo y las urbes, así como de crecientes grupos de sicarios. Mucho de ello, como consecuencia de haberse convertido el país en plaza y nudo vial del narcotráfico, y como secuela también de la influencia de la invasión mediática a todos los hogares, con periódicos que chorrean sangre y programas televisivos donde reinan las armas, las explosiones, los gánsteres y los policías corruptos.. Dentro de este mundo siniestro, los diarios episodios de muerte en las carreteras, por obra de conductores trasnochados o irresponsables, no son sino una expresión de esta cultura de la muerte. ¿Hay soluciones para este grave mal o estamos condenados a perecer bajo su peso descomunal? Sí, hay soluciones, pero a largo plazo, pues consisten en desarrollar una cultura de la vida, y esto entraña el desarrollo de la solidaridad humana, la cooperación entre unos y otros, la estricta regulación de los medios, el abandono de esa hoy común  mentalidad de aspirantes a millonarios. Es decir, hace falta una revolución de los corazones y los espíritus.