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miércoles, 3 de enero de 2018

EL DERECHO A LA ESPERANZA


En algún lugar de  Noroccidente de Pichincha, en la noche del 31 de diciembre, un grupo de festejantes del Año Nuevo se aprestaba a quemar al Viejo en la efigie del Vicepresidente de la República Jorge Glas. ¿Por qué él justamente? La respuesta la dio uno de los jóvenes presentes: ‘Porque este sinvergüenza nos robó a todos los ecuatorianos’, a lo cual una mujer de edad agregó: “A este ladrón deberían quemarlo vivo, no en muñeco’, en tanto un hombre maltrajeado remató: ‘todos los políticos son ladrones’.

En estas frases se podría sintetizar un estado de ánimo corriente en los últimos tiempos en el País de la Mitad del Mundo. Un estado de ánimo que refleja una profunda desesperanza, fruto de la campaña de odio que nos inunda, envuelta en una maraña de verdades y medias verdades, rumores y calumnias, acusaciones de traición y deslealtades, descalificación de cualquier logro social o político alcanzado en los últimos diez años, en la que para unos fue una década ganada y para otros todo lo contrario: una década irremisiblemente perdida.

Una de las causas principales para esta situación de amargura sin duda extendida, es la división y drástica ruptura de Alianza País, el movimiento que suscitara tanta esperanza en años anteriores por los avances a favor del país, de su soberanía, de los derechos de la gente, y que comenzó a declinar severamente con la derrota que sufriera la organización en febrero del 2014 durante las elecciones municipales

Las voces que se alzaron entonces para exigir rectificaciones jamás fueron escuchadas: Sigue campante el sectarismo, la ausencia de autocrítica, la falta de rectificaciones, los compadrazgos. Hasta que llegamos a las elecciones presenciales y enseguida la mencionada ruptura, adobada con el juicio contra el vicepresidente y el tsunami de oportunismo desatado a todos los niveles, con asambleístas que se acostaban correistas y amanecían morenistas por arte de magia (o por arte de maquiavélicos magos).

¿Quiere esto decir que todo está perdido para siempre? No, en modo alguno. Nuestro país es de grandes resurrecciones después de que ha caído en el abismo y en las derrotas. Ahora mismo, en los últimos meses, en varias provincias –cuando menos Pichincha, Guayas, Manabí, Santa Elena, El Oro, Los Ríos, Azuay, Loja, Chimborazo, Tungurahua surgió una corriente de izquierda unitaria en base de movimientos sociales, colectivos culturales, líderes diversos, siempre alejados de cualquier sectarismo y que levantó una inmensa bandera, desgraciadamente abandonada por correistas y morenistas: la Segunda Independencia. Esa bandera flotará en nuevos vientos de esperanza. Éxitos para todos los que seguimos en la lucha!!

E-mail: jaigal34@yahoo.es          Twitter: @jaigal34
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P.D. Le invito a que escriba su comentario en el recuadro de abajo, no importa si está a favor o en contra. Ejerza su derecho a decir lo que piensa.
C. M. Mg. Luis Fernando Carvajal Herrera.
Atte.

Twitter: @lufecahe 

miércoles, 9 de septiembre de 2015

LLACTA QUERIDA Y LEJANA


Pocos dolores son tan intensos en el ser humano como el causado por la patria que nos arrancan, o cuando nos la arrancamos nosotros mismos, forzados por las circunstancias. Ese dolor de patria (dolor de llacta, de la tierra de uno, que dejamos) fue reflejado con hondura en estos versos de un poeta cuencano del siglo XIX, que fueron luego musicalizados en notas melancólicas. La letra  expresa:

Rinimi llacta rinimi,                          Voy a partir, patria mía,
may carupi causangapa,                     a país extraño y distante.
mana quiquin llactashina,                  No tienes tú para el indio
cuyanguichu runataca.                       Ternura propia de madre.

Por cierto en la época en que nacieron estos versos, el indígena ecuatoriano no se iba del país, propiamente. Escapando a la ferocidad del gamonalismo serrano, dueño de vidas y haciendas, se marchaba a la Costa, 'al Guayas', en pos de pan y libertad, para caer en las garras de los 'gran cacao', las haciendas bananeras de la United Fruit u otros latifundistas, o las compañías petroleras, como la Anglo, que habían iniciado el saqueo del petróleo peninsular en los años 20.

Décadas después, en los años 70 y 80 vino el creciente éxodo masivo hacia Estados Unidos, quedando despoblados los campos del Azuay y de Cañar. La ausencia de reforma agraria, la presencia de una miseria aplastante obligaban a la emigración, para gozo y solaz de los coyotes. Luego vino el gran desangre poblacional, a partir del Feriado Bancario urdido por la derecha criolla y el Fondo Monetario Internacional. En forma multitudinaria, la clase media perdió sus ahorros y huyó del país, esta vez principalmente hacia Italia y España. A comienzos del nuevo siglo, la cuarta parte de los habitantes se extrañó de la patria que no tuvo para ellos 'ternura propia de madre'.  

Muchos de aquellos emigrantes, llegados en distintos momentos y circunstancias, se encuentran hoy en Canadá. En días recientes los hemos encontrado en la gran ciudad de Toronto, nostálgicos de la llacta querida y lejana, cantando las canciones de la tierra, bailando sus ritmos populares, muchos deseosos de retornar pero con la incertidumbre del cómo y para qué, a la espera de horizontes seguros que les brinde la Revolución ciudadana.

En tanto, se unen a través de lazos fraternos en la Comunidad de San Lorenzo, que tiene como líder carismático, batallador y honesto al padre Hernán Astudillo, nacido medio siglo atrás en El Valle, laboriosa parroquia de Cuenca. La Comunidad es muy activa, mantiene una emisora -Voces Latinas- que convoca multitudes, y despliega múltiples labores sociales, mientras gana amistades en los medios canadienses, universitarios, sindicales, culturales.

Junto al padre Astudillo, anglicano y fraterno con las demás religiones, está siempre participando otro dinámico cuencano, Rolando Vera, el emblemático atleta que hoy se desempeña en Toronto como Cónsul de nuestra patria. Junto a ellos, numerosas 'mamitas' y otros activistas -todos voluntarios-, nos hacen saborear el dulzor de la llacta querida y lejana, a la que se recuerda con los ojos llorosos pero llenos de esperanza.

E-mail: jaigal34@yahoo.es          Twitter: @jaigal34
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C. M. Luis Fernando Carvajal Herrera.
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miércoles, 26 de junio de 2013

DE PHILIP AGEE A EDWARD SNOWDEN


Corría el año 1960. Regía en el Ecuador el cuarto velasquismo, atado a la oligarquía como siempre, pero mostrando un rasgo de soberanía ante los Estados Unidos, que exigían la ruptura de relaciones con la flamante Cuba revolucionaria. Tímidamente Velasco dijo no, pero dió pasos en contrario, desconociendo a la representación diplomática de Cuba. En tanto, desencadenó un gobierno violento y represivo, apresando al Vicepresidente de la República, Carlos Julio Arosemena. Se armó la de Dios es Cristo, como dirían  los cruzados de España.  
Arosemena, ya Presidente una vez caído Velasco, declaró que primero pasarían sobre su cadáver antes que romper con Cuba. No hubo necesidad de tan ilustre muerto, pues finalmente rompió relaciones, forzado para hacerlo por una conspiración derechista montada por la CIA a través de grupos terroristas socialcristianos, bombas en los templos, propaganda antireligiosa elaborada por sus agentes, buena parte de la cual la divulgó El Comercio de Quito, incluso con la firma del Cardenal Carlos María de la Torre.
En el campo, turbas fanatizadas por determinados curas, macheteaban y quemaban vivos a profesores "comunistas", como ocurrió en Santa, Azuay, con los hermanos Velicela. El genio del terror y el complot era un oficial de operaciones de la CIA, Philip Agee, joven norteamericano de 25 años de edad. Después de actuar en el Ecuador durante tres años, fue destinado a Uruguay con similares propósitos, y luego a México donde actuó hasta 1968, cuando en octubre se produjo la enorme matanza de estudiantes en una concentración de Tlatelolco.
A partir de entonces, abrumado en su conciencia por toda su acción de espionaje y terror, abandonó la CIA y se dedicó a escribir su célebre Diario, que es una breve pero aleccionadora encicolpedia del intervencionismo criminal de Estados Unidos en nuestros países.  Desde ese momento, Philip Agee, acusado de alta traición a su patria, hubo de vivir perseguido, hostilizado, escondido él y su familia -incluido su hijo nacido en Quito- durante más de veinte años, hasta que ancló definitivamente en Cuba, donde murió hace pocos años en medio del respeto, el cariño y la admiración del pueblo cubano.
Hoy la historia se repite con otro agente de la CIA, Edward Snowden, norteamericano de 29 años de edad, quien está perseguido a escala mundial por los sabuesos del Imperio, igual que en el caso de Agee, acusado de alta traición a los Estados Unidos, por el inmenso bien que hiciera a la humanidad con  sus denuncias respecto del espionaje universal urdido por los jefazos de su país, y del cual no se escapa nadie, pues el espionaje está dirigido al control y manipulación de los destinos de todos, es decir, de los seis mil millones de pobladores del planeta. Esto para facilitar los planes belicistas y la dominación político-económica del mundo entero.
Hitler no llegó a tanto en su vehemencia imperialista como los amos de ese Imperio senil y bárbaro en que se ha convertido la mayor potencia económica y militar del orbe.
Por fortuna para Edward Snowden, las mismas tecnologías de comunicación que le sirven al Imperio para el espionaje universal, le sirven a él para una movilización de conciencias y abrazos solidarios dentro de los Estados Unidos y en todos los países. Este gran escándalo del espionaje convierte al joven patriota norteamericano en héroe y a sus acusadores en una corte de villanos. 

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miércoles, 27 de febrero de 2013

PATRIA PARA SIEMPRE

Himno, escudo y bandera
Una antigua canción del Azuay expresa en quichua:

    Rinimi llacta rinimi,
   may carupi causangapa,
   mana quiquin llacta shina,
   cuyanguichu runataca.

Lo que en español significa:

  (Voy a partir, patria mía,
  a país extraño y distante.
  No tienes tú para el indio
  ternura propia de madre).

Eran los tiempos en que el campesino del Azuay o Cañar, dueño de una miserable parcela o carente de la más mínima, huía de la miseria o de los amos brutales hacia los ingenios azucareros del Guayas, o se dirigía a los campos petroleros de la Anglo, saqueados por los ingleses en la Península de Santa Elena, o hacia las minas de oro de Zaruma o Portovelo, saqueadas por los norteamericanos.  Eran los tiempos del “Éxodo de Yangana” para los comuneros de Loja, despojados por los latifundistas; los tiempos en que los huasipungueros de Chimborazo, Cotopaxi, Pichincha,  Imbabura o cualquier otra provincia serraniega se levantaban contra la opresión del terrateniente y caían masacrados. Eran los tiempos en que los montubios eran esquilmados en las plantaciones de cacao o banano por amos criollos y extranjeros, mientras la Shell asesinaba huaoranis en el Oriente y los negros del Chota o Esmeraldas mordían el amargo pan del desempleo. Y no solo la población del campo padecía las secuelas de la pobreza y el abandono; igual drama sucedía con las tejedoras de sombreros en el Austro o Manabí, con los pobladores del suburbio en Guayaquil y demás ciudades. El Ecuador era un país de fugitivos, de hombres y mujeres errantes, de seres para quienes la patria no tenía ternura propia de madre. Esto se volvió una tragedia masiva desde los años 60 del siglo veinte, y se acentuó sin término en los años siguientes, especialmente desde los grandes atracos bancarios, para terminar con el cuarto de toda la población nacional, más de tres millones, persiguiendo el sueño americano, español o italiano, solo para encontrarse luego en el callejón sin salida del capitalismo en crisis, expulsados de unos u otros países, encarcelados o asesinados, mientras acá, Ecuador adentro, las familias yacían destrozadas, con la añoranza de los que se fueron y enfrentadas al alcoholismo y a las drogas que hacían presa de jóvenes y niños procedentes de tales hogares. En toda esta sombría realidad la patria estuvo siempre ausente, y el paisanaje bien pudo repetir estos versos:

   Por patria tenemos solamente
   himno, escudo y bandera,
   un color en el mapa de América,
   un asiento en la ONU
   y  un asiento en la OEA.

De allí también el triunfo de Rafael Correa en las recientes elecciones del 17 de febrero: el dolor por la patria ausente,  la esperanza en que la patria vuelve,  está volviendo. Y que tendremos patria para siempre. 


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