Todo
proceso revolucionario, en cualquier país, requiere de líderes que sean capaces
de captar la profundidad y las particularidades del momento, para poder
orientar y conducir a las masas, que son, en fin de cuentas quienes construyen
la historia. Sin esa capacidad de penetrar la realidad , los dirigentes pueden
llevar a los demás a jornadas importantes, tales como ganar elecciones y dictar
leyes y constituciones brillantes, pero no producir cambios incisivos en los
planos que toda revolución exige: cultura, sociedad, economía.
Pero
tener profundidad de vista no es suficiente. El líder debe también tener la
virtud de ver lejos, más allá de la maraña cotidiana, donde apenas se dibuja el
horizonte. Pero esto tampoco es suficiente: el líder auténtico debe ser un
aglutinador de las masas, lo que le obliga a despojarse de todo sectarismo,
para unir a todos en la marcha, sabiendo a ciencia cierta que no todos caminan
igual, que hay ritmos diferentes y distintos puntos de partida. Aún más
todavía: el líder debe ser quien da el primer paso siempre, si quiere que le
sigan en el escabroso camino revolucionario. Las masas siempre desconfían o
terminan desconfiando de los burócratas que dan órdenes desde un frío
escritorio o una cómoda poltrona.
Reflexiones como éstas son necesarias hoy cuando militantes y simpatizantes de Alianza País enfrentan hoy, Primero de Mayo, en la ciudad de Esmeraldas un reto histórico,
que entre otras decisiones incluye la elección de sus dirigentes nacionales,
según se ha dado a conocer públicamente. Y es que se trata de eso: de un
desafío histórico, pues sin una acertada conducción, el naciente proceso
revolucionario que vive nuestra patria terminaría por frustrarse o, al menos,
por estancarse quién sabe por cuánto tiempo.
Claro
que Rafael Correa Delgado es el líder indiscutido de este proceso, que en alto
grado ha surgido de su aguda visión del momento y del futuro, y del justo
enlace dialéctico que él hace del caso nacional con el entorno mundial y, en
especial, latinoamericano. Pero obviamente Correa no puede estar en todo ni
dirigirlo todo, pues sus funciones de presidente de la República le obligan a
una abrumadora carga administrativa, por lo que resulta indispensable que el movimiento
que él dirige cuente con un conjunto de dirigentes nacionales, hombres y
mujeres, leales al conductor del proceso, sí, pero que a la vez dispongan de personalidad
propia, de criterio independiente, de sentido unitario permanente, de
tolerancia frente a la crítica e intolerancia autocrítica frente a los errores
propios, que es la única manera de poder corregirlos a tiempo y honestamente,
sin justificarlos con tal o cual pretexto ni culpar a los otros por los errores
o fracasos.
No
concluye allí el perfil que requiere actualmente un verdadero liderazgo, pues
al mismo tiempo debe tener habilidad y arte para organizar a los militantes, a
los simpatizantes y a las masas, pues de acuerdo a un viejo principio,
justificado por la historia, la revolución no se hace, se organiza.
Desarrollar
estas capacidades exige, por supuesto, una base consistente de formación
ideológica y política, que le distinga al líder del montón, sin que esto le
haga sentirse superior a nadie. Sin esa base de principios y conocimientos
programáticos, el líder no puede ir muy lejos ni conducir a los demás por
rumbos acertados.
Por
fortuna, en el actual proceso hay un enorme caudal de valores humanos, que
desgraciadamente se desaprovecha por razones de sectarismo, burocratismo,
debilidad ideológica e ignorancia política.
La
pregunta que todos nos hacemos ahora es si la convención nacional de Alianza
País se pondrá a la altura de la historia, o será un escenario de discusiones ociosas y pretensiones inmerecidas de figuración y liderazgo.
Desde
luego, este enfoque sobre el papel del liderazgo ensambla totalmente con una
clara definición del proceso hacia la izquierda, única manera de avanzar a
cambios profundos y construir la nueva historia.
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decir lo que piensa.
C. M. Luis Fernando Carvajal Herrera.
Atte.