El 8 de octubre de 1967 fue capturado en Bolivia el Comandante Ernesto Che Guevara, herido en combate, y asesinado por orden de la CIA al día siguiente. Sus matadores, militares a las órdenes del dictador de turno, general René Barrientos, irían desapareciendo poco después; el propio Barrientos en un oscuro accidente aviatorio, alguno enloquecido, otros asesinados entre ellos. A esta ola de infortunios la gente le bautizó como “la maldición del Che”.
Han
pasado exactamente 46 años desde el crimen de La Higuera, el paupérrimo rincón
donde el agente de la CIA Félix Rodríguez -de la gusanera de origen cubano
asentada en Miami-, dirigió personalmente la ejecución del crimen. Pero la
historia se burló de esta mafia internacional de asesinos. Las huellas dejadas
por el Che demuestran que el valeroso jefe guerrillero permanece vivo, para
espanto de los que chupan la sangre y el
sudor de los pueblos. En Bolivia, la masa rinde culto al héroe y los
combatientes que sobrevivieron a los trágicos episodios del 67 forman parte del
gobierno de Evo Morales, mientras en Argentina, Uruguay, Venezuela, Brasil,
Nicaragua, El Salvador, Guatemala, República Dominicana y otros países del
continente, seguidores de sus ideales
dirigen gobiernos o forman parte de ellos y de los respectivos parlamentos. En
Colombia, aparte de las FARC, vive y actúa desde 1964, medio siglo ya, el
Ejército Nacional de Liberación (ELN), una de cuyas figuras emblemáticas fuera
el cura Camilo Torres, también caído en combate. A esta formación guerrillera
de 5.000 hombres y mujeres, la derecha le llama “guevarista”.
En
cuanto al Ecuador, vale la pena recordar que los mutuos afectos entre el Che y
nuestra gente viene desde cuando vivió temporalmente en Guayaquil, en 1953/54,
en el Barrio Las Peñas, en estrecha amistad con Fortunato Safadi y Ana Moreno,
que habitaban junto al río, y que fueron decididos luchadores en la fallida
Revolución del 28 de Mayo de 1944. Posteriormente, unos u otros grupos tomaron
como bandera propia los ideales del Che, comenzando por URJE (Unión
Revolucionaria de Juventudes Ecuatorianas), de 1960 a 1963. Hoy en las
numerosas concentraciones del movimiento País, la masa entona el conocido canto
en su homenaje y el Presidente Rafael Correa remata sus discursos con la frase
que el Che consignó al final de su histórica carta a Fidel: “¡Hasta la victoria
siempre!”.
Aquí
cabe la conocida anécdota según la cual uno de sus captores, al verlo pensativo
minutos antes de su ejecución, le preguntó en son de burla: “¿Piensas en la
inmortalidad del cangrejo? –No, pienso en la inmortalidad de la revolución”,
fue la respuesta contundente del Che.
Y
es que la fe del Che mueve montañas, cordilleras y continentes. Forma parte
inseparable de las actuales luchas que se dan en todas partes contra los
sistemas de opresión imperialista, de guerras de despojo, del genocidio
practicado por la OTAN bajo la dirección del Pentágono y la CIA, con fuerzas
propias o con mercenarios bien billeteados, como ocurre en Libia, Afganistán y
Siria, y como se pretende hacerlo con Irán. Todo en nombre del capitalismo
depredador tipo Chevron-Texaco, cuyo olor a cadáver despide la propia Casa
Blanca con el cierre de puertas de entidades estatales, y el millón de
empleados lanzados a puntapiés a la calle.
Además,
la humanidad consciente está cansada del espectáculo deprimente de sociedades
entregadas al consumismo, a la desaforada competencia individualista, a la
irracional explotación de recursos naturales, por lo que vuelve sus ojos al
sueño del Che: un socialismo a plenitud, donde se desarrolle el hombre del
Siglo XXI, libre, creativo, solidario. Por algo el Che amaba la poesía de León
Felipe, el poeta español libertario que expresó en sus versos: “Un día, cuando
el hombre sea libre, la política será una canción”.
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C. M. Luis
Fernando Carvajal Herrera.
Atte.
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