
Sí, es cierto: el 17 de febrero, en la elección de presidente, triunfará
"el que sabemos". El que lo saben todos, incluidos los
componentes de esa fanesca rancia llamada oposición. Y el triunfador ganará
acompañado de una considerable nómina de asambleístas, ni tan numerosos como
los desearía, ni tan escasos como lo imploran a Jesús del Gran Poder y al Tío
Sam los cruzados de la partidocracia. Y es aquí donde viene la pelotera; no
solamente por el número, sino porque, aparte de una valiosa legión de asambleístas
claros y firmes, habrá también un contingente de bocas silentes y de
calientasillas sin más mérito que el endoso del voto presidencial, fáciles de
ser despistados y confundidos.
En esa arena, los gladiadores de
la demagogia harán su agosto, obstaculizando la aprobación de leyes, voceando
calumnias espectaculares, proponiendo fiscalizaciones a troche y moche,
provocando incidentes.
Todo en el mejor estilo de los famosos congresos nacionales, donde
Febres Cordero acaudillaba a los "patriarcas de la componenda", Nebot amenazaba con mear encima de algún diputado socialista y el Pocho Harb tiraba al suelo y pisoteaba el sombrero de Salvador Quishpe, hoy en andariveles
políticos fraternos con el legislador racista.
Esto naturalmente con luces, cámara y acción de los grandes medios,
encabezados por la prensa sipera, hija de la SIP fundada en 1942 en La Habana,bajo el ala cariñosa de la primera dictadura de Fulgencio Batista, por
decisión de los grandes periódicos yanquis y sus congéneres de otros países.
En tales condiciones, ¿de dónde sacar fuerzas para batir con éxito a la
contrarrevolución desatada, y avanzar por el camino de las leyes
transformadoras y las realizaciones trascendentes? Sin duda, para hallarlas con
clara definición lo primero que se impone es someterlo todo al fuego
purificador de la autocrítica, sin favor para nadie, a fin de ubicar las fallas
actuales y las responsabilidades. Y desde luego, combatir el sectarismo que
desune y rompe, tanto como los desmedidos apetitos burocráticos de ciertos
partidarios y del enjambre de huairapamushcas que siempre se introducen en el
carro del triunfo.
Como también se vuelve impostergable desechar los consejos que
piden cesar las confrontaciones y conciliar, y que provienen de las hadas
madrinas, protectoras de reyes y reyezuelos del pasado, cuando en
la historia nacional hay episodios trágicos derivados de las políticas de mano
blanda, como aquella del "perdón y olvido" propugnada por Eloy
Alfaro, que le llevó a la "hoguera bárbara", o las vacilaciones del
Presidente Roldós, que le llevaron a morir incendiado en el aire sobre la
montaña de Huairapungo.
En las condiciones del Ecuador, conciliar es detenerse, detenerse
significa retroceder, y retroceder equivale a morir.
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P.D.
Le
invito a que escriba su comentario en el recuadro de abajo, no importa si está
a favor o en contra. Ejerza su derecho a decir lo que piensa.
C. M. Luis
Fernando Carvajal Herrera.
Atte.