
Después
de la matanza de Eloy Alfaro y sus tenientes –enero de 1912-, entre tantos
crímenes políticos que se han cometido
en el país y han quedado en la impunidad, ninguno tan grande como el magnicidio del Presidente Jaime Roldós Aguilera, que pereció el 24 de Mayo de 1981 junto
con su esposa Martha Bucaram Ortiz, el Ministro de Defensa, su esposa, los
pilotos y toda la tripulación. Total, nueve ecuatorianos condenados a muerte
por los designios imperialistas, la CIA mediante, con el beneplácito
internacional de la derecha, particularmente de la democracia cristiana, una de
cuyas figuras emblemáticas, el Vicepresidente Osvaldo Hurtado Larrea, pasó a
sentarse encima del cadáver del ilustre mandatario.
El
macabro caso viene actualizándose estos días con motivo del estreno de la película “La Muerte de Roldós”, presentada en el Teatro Nacional de la Casa de
la Cultura y replicada en otras salas del país. Ocasión que ha servido para que
salga a flote, una vez más, el inmenso cariño que el pueblo guardó al
Presidente que fuera destrozado cuando su avión estalló en el aire, aunque
la versión oficial fue la de un
imposible estrellamiento en las montañas de Celica. Versión avalada
inmediatamente por la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, cuando recién se
iniciaba la supuesta investigación.
Claro
que la película no se hace cargo de la
peligrosa tesis del magnicidio, aunque sí la menciona, como también expone la
oficial de entonces, pero sí presenta el contexto internacional en que se dio
el suceso, con un Presidente ecuatoriano digno y valeroso, enfrentado a las
dictaduras que por aquel tiempo fueron fabricadas en todo el continente, y de
las que dan cuenta los sendos juicios penales contra Pinochet, los genocidas argentinos y el asesino múltiple Ríos Montt, de Guatemala, sentenciado en
estos días a 80 años de cárcel.
La
teoría del magnicidio la sustentaron en su momento el renombrado periodista
norteamericano Seymour Hersh y John Perkins, autor del célebre libro
“Confesiones de un gángster económico”, el primero de los cuales acusó
directamente al dictador panameño Manuel Antonio Noriega, quien fuera por largos años agente de la CIA, mientras el
segundo implicó directamente a esta central del espionaje y el terrorismo de
los Estados Unidos. En lo local, es bueno recordar que tanto el presidente León Febres Cordero como su Ministro de Defensa, general Luis Piñeiros, le
endilgaron a Hurtado esta enorme acusación a través de la prensa, señalando que
trepó a la Presidencia de la República “gracias al magnicidio en que pereció el
Presidente Roldós”. Ahora, al cumplirse 32 años del horrendo crimen, ¿alguien
se atreverá a actualizar la investigación del magnicidio? ¿Talvez la Asamblea Nacional? ¿ O quedará
en la impunidad como ha ocurrido siempre con los crímenes políticos en el
desdichado Ecuador?
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P.D. Le invito a que
escriba su comentario en el recuadro de abajo, no importa si está a favor o en
contra. Ejerza su derecho a decir lo que piensa.
C. M. Luis
Fernando Carvajal Herrera.
Atte.


