El año 2015 fue pródigo en griterías
destempladas que atronaron el espacio en varios países latinoamericanos: ¡Fuera Correa fuera! ¡Fuera Maduro fuera! ¡Fuera Cristina fuera! ¡Fuera Dilma fuera! ¡Fuera Morales fuera! No se trató únicamente de una feroz bullanga. En Bolivia hubo marchas acompañadas de dinamitazos, en Venezuela 40 muertos, en Ecuador cabezas rotas y policías con las canillas destrozadas a fierrazos. En estas
manifestaciones se mezclaron, como siempre, derechistas de tuerca y tornillo,
izquierdistas virginales, bobos de la yuca, fascistas bien pagados, demócratas
desocupados, personajes con ego de pavos reales que se creen presidenciables.
Todo esto con gran despliegue mediático: entrevistas a granel, fotomontajes,
mentiras piramidales y desinformación sabiamente cocinada.
¿Y cómo así tanta coincidencia? ¿Es que
hay alguna mano que maneja la red del descontento, la protesta y la sublevación?
¿Existe algún poder descomunal capaz de articular tales movimientos? ¿Hacia
dónde se empuja este carro del terror y del incendio? Por supuesto esa mano
existe, y debemos estar claros, si no hemos caído bajo el pendejómetro
que manejan hábilmente los poderosos para dominar a los pueblos.
Toda esta enorme agitación viene del
imperio del dólar y sus socios menores, los oligarcas latinoamericanos. El
objetivo es volver al tiempo de las vacas gordas para ellos, cuando a las
multitudes no les llegaba ni una vaca flaca. Implantar la restauración
conservadora -neoliberal, el yugo del comercio monopólico, la tiranía de los
bancos chulqueros, el saqueo de nuestros recursos naturales, el reino de las
privatizaciones en salud, educación, programas de vivienda; el imperio de la
tercerización laboral, el crecimiento galopante de la deuda externa, y un etcétera
de males sin término.
Para ello, hace falta echar abajo las
leyes y avances del proclamado socialismo del siglo XXI, abatir los gobiernos
de orden revolucionario, nacionalista, progresista; mejor si se puede mediante
golpes blandos, pero si estos fallan, ir nuevamente a los golpes duros y, por
último, a la intervención armada del imperialismo. Este es el gran plan que
está en marcha, y que forma parte del plan de dominio mundial de los Estados
Unidos, sus aliados y sus testaferros de toda clase. No verlo es ser miopes o
ciegos de conveniencia.
Porque es fácil advertir esta realidad
y estas perspectivas. Allí está el ejemplo de Argentina, donde Mauricio Macri nos
muestra en un espejo enorme lo que significa la restauración
conservadora-neoliberal: asalto a las instituciones progresistas, gobierno de
gerentes de bancos y empresas extranjeras, alza de precio a favor de los
grandes comerciantes, desocupación fulminante de miles y miles de
trabajadores y empleados. Y esto cuando el gobierno de Macri recién comienza.
También es fácil darnos cuenta de ello
con algunas medidas adoptadas por la triunfante derecha venezolana, de
las cuales una es demasiado elocuente: la orden dada por el nuevo presidente de
la Asamblea Nacional, el adeco Henry Ramos Allup, y que se sintetiza en su
consigna ¡Fuera Bolívar fuera!, pues tal cosa significa retirar los retratos
del Libertador, que luego sus áulicos echarán a la basura.
Y es que Bolívar es signo de rechazo al
dominio imperialista, al colonialismo y al neocolonialismo. Es símbolo
inspirador de la Revolución Bolivariana en Venezuela y de la unidad e
integración latinoamericana. Es símbolo de rescate de las riquezas naturales
desde cuando proclamó en Guayaquil: "Las minas de toda clase pertenecen a
la República". Y es altavoz de advertencia cuando en la carta
escrita a Patricio Campbell en esa ciudad, el 5 de agosto de 1829, le dijo:
"Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar de
miserias la América en nombre de la libertad".
¿Soportar en estas condiciones y frente
a este plan la memoria del Libertador? ¡Fuera Bolívar fuera!
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C. M. Luis Fernando Carvajal Herrera.
Atte.
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